
Ingratitud hay mucha. Ingtrato es el que se dedica a desconocer las buenas acciones de los demás hacia él. Pero ingrato también es el que ama sin límites, porque al hacerlo, dedica su amor solo a una persona, dejando emocionalmente vulnerables a todos los que sonríen y llenan su vida de felicidad con tan solo un gesto del ingrato en cuestión. Ingrato es también el inocente, porque confiando en tanto, y en nada, menosprecia las certezas y echa a un lado lo seguro, para abrir paso a lo nuevo y darle la oportunidad de entrar a su castillo de preincesas, príncipes y asesinos de máscaras, sin percatarse de que un mundo real, una vida, no se construye sobre historias encantadas y cuentos de ilusión.
Ingrato también es aquel que perdió la inocencia, porque se siente dueño y señor de las experiencias humanas, como si el mundo fuera su barco y su boca el timón. Es ingrato al avergonzarce de la madre de sus amores, de la guía de su primera vez, de la culpable de sus heridas. El que se cree inmune, también es ingrato.
Es ingrato el culpable, el que lastima, el que tiene como objetivo de vida impedir la felicidad del otro. Y lo es porque le lanza puñetazos incontrolables a una vida que le ha caido del cielo, inmerecida vida, pues el amor es la base de la existencia, y ¿de qué vale una existencia si no se profesa ni se genera, ni se transmite amor?
Formas de ingratitud hay tantas como ingratos hay entre nosotros, porque, al final, amar es la forma de vida que todos conocemos e intentamos practicar, y en ese placentero martirio nos damos cuenta de que para amar, debemos ser ingratos con quien amamos al pretender llevarnos un pedazo de su corazón para no devorverlo jamás.